Si, no nací ni crecí en Cuenca pero estudié dos años en su campus y me enamoré de la ciudad, de la gente y de su Semana Santa. A mi el tema de procesiones y de nazarenos, o de capuchones como les llamábamos en mi pueblo, siempre me gustó, los pasos, las cornetas y los redobles de tambor pero nunca había participado activamente. De Cuenca sabía de la importancia que tenía en la ciudad la Semana Santa y la conocida procesión de los…lamentable apelativo.
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Allá por el año 1999, mi primera Semana Santa conquense, tras haber visto las procesiones de los días anteriores, me encontraba en la Plaza del Salvador, como espectador, para ver salir la archiconocida Procesión de las Turbas, realmente Camino del Calvario, tras haber pasado la madrugada con un grupo de turbos amigos, eran las cinco y media cuando vi salir el guión del Jesús y entonces…tambores, clarines y el Jesús que sale a enfrentarse a la turba y a su camino hasta el calvario que le espera. Es difícil explicar las sensaciones y emociones que sentí pero en ese preciso instante decidí que yo quería participar en esa procesión. No llegué a ver ni la llegada a la Plaza Mayor, ni el Miserere ni el cierre de la procesión, tenía que coger un tren para volver a casa, pero ya había visto suficiente.

A lo largo de los siguientes meses fui preparando poco a poco mi primera procesión como turbo, me dejaron túnica, borlas y tambor; mi ilusión por salir iba creciendo día a día. Una noche, madrugada y mañana mágica, el tiempo acompañó y fue una procesión espectacular. Como recuerdo, el bocata, de atún y tomate, que era día de vigilia, compartido con un buen amigo en la Plaza Mayor que me supo a gloria.
A partir de ese año, ya con túnica, tambor y credencial del grupo turbas, no he faltado a ninguna Semana Santa en Cuenca, he vivido en el extranjero pero he vuelto para Jueves Santo, he sufrido esguinces y algún dedo roto, pero eso no me ha impedido estar a las cinco y media como un clavo en Infantas de España o ya los últimos años en el Salvador.
Ha habido malos momentos, que no me apetece recordar, así que me quedaré con los buenos e inolvidables. La noche previa, cena y charla con los amigos a los cuales no ves mucho durante el año, mientras se acerca la hora, los nervios van aumentando y empiezan a redoblar nuestros tambores; esas horas son muy especiales. Una vez comienza la procesión me quedo con algunos momentos inigualables como son la apertura de las puertas del Salvador, momento de máxima emoción, llegar al Puente de la Trinidad y esperar la clariná que allí dan, la llegada a la Plaza Mayor y poder contemplar la procesión al completo, San Juan con su paso característico y el sobrecogedor silencio cuando La Soledad de San Agustín cruza los arcos, tremendo…el Miserere, poco a poco se hace el silencio y el coro canta y al acabar, el estruendo de miles de tambores sonando lo inunda todo…indescriptible.
Esta próxima madrugada, si Dios quiere, de nuevo estaré en la Plaza del Salvador, y probablemente haya mantenido una conversación parecida a la siguiente con algún amigo de mi ciudad…
-¿Otra vez a Cuenca en Semana Santa?
-Sí, otra vez y las que quedan-.

(Gracias a Tin Bijaksic y a Pablo Moya por dejarme usar estas fotos tan maravillosas).
